Revista Freudiana

El cuerpo hablante y sus estados de urgencia

Miquel Bassols


 

Miquel Bassols1

El cuerpo hablante y sus estados de urgencia2

Lo que voy a proponerles hoy es un torbellino de ideas sobre la cuestión del cuerpo hablante. Término que no es un concepto psicoanalítico pero que es algo que hay que saber precisar bien porque no es un cuerpo que habla, es algo más preciso, si lo entendemos en el contexto de la enseñanza de Lacan. Voy a seguir un hilo y es la distinción entre inconsciente simbólico e inconsciente real. Distinción que no es sencilla porque “inconsciente real” es una expresión que Lacan utilizó sólo una vez, y ha sido Jacques Alain Miller quien la rescató para marcar una segunda época en la enseñanza de Lacan y también, podemos decir, una segunda época en la práctica del psicoanálisis mismo. Voy a tomar dos entradas de Silicet: Cuerpo hablante/parlêtre de Antonio Di Ciaccia y la otra de Camilo Ramírez titulada Lalengua.

Dos dimensiones temporales

En primer lugar introduciré la cuestión del cuerpo hablante y sus estados de urgencia a partir de dos dimensiones temporales. Porque creo que, para introducirse a esta distinción del inconsciente Simbólico e inconsciente Real es importante situar dos dimensiones, dos experiencias del tiempo. Por un lado hay lo que podemos llamar el tiempo del lenguaje. En realidad cuando hablamos del tiempo sabemos que es una experiencia subjetiva, incluso los físicos señalan que en lo real no hay tiempo, o no hay el tiempo cronológicamente, que entendemos como tal, y que la experiencia del tiempo es siempre subjetiva. Que es el lenguaje el que induce una experiencia del tiempo. Eso lo vemos muy bien en la experiencia analítica cuando un sujeto nos habla de su historia, de su infancia. En realidad el tiempo es una ficción del lenguaje.

Y el tiempo del lenguaje es un tiempo eterno, es como pensamos la línea recta del tiempo que se pierde en la infinitud. El lenguaje introduce cierto ideal de eternidad –Éric Laurent habló ayer de esto, me referiré luego a ello. Lo interesante, me parece, es que este ideal de eternidad está siendo hoy confirmado no sólo por la religión, por las religiones, sino también por la propia tecnociencia. Habrán visto en los periódicos noticias supuestamente científicas que hablan ya de la inmortalidad del cuerpo hablante, de la posibilidad de abordar el tiempo bajo la forma de la infinitud.

En realidad cuando alguien dice eso no tiene ni idea de lo que está diciendo porque no tenemos idea de lo que es la eternidad. Simplemente creemos que es un poco más de tiempo, pero en realidad no podemos tener ninguna comprensión de lo que ese término incluso, lógicamente y matemáticamente, indica. Eso no obsta para que la tecnociencia pueda prometernos hoy la eternidad bajo la forma de la infinitud de la vida y del cuerpo bajo distintos soportes. Se habla de la época post-humana donde la tecnociencia va a introducir, en el cuerpo humano, elementos que permiten suponer un soporte eterno para el ser que habla; entiéndanlo como lo entiendan.

Creemos en la eternidad más de lo que creemos. Ese ideal de eternidad está incrustado por el hecho del lenguaje, por el hecho de ser hablantes. Lacan en algún lugar lo evoca así: “el sujeto del lenguaje es eterno”. El sujeto del significante está marcado por esa función de la eternidad. Y conocemos eso en la clínica bajo la forma de la tortura obsesiva. El sujeto obsesivo que a veces asiste a su propia muerte y que sufre de la tortura de asistir a su infinitud sobrepasándose a sí mismo, en la vida. Ese sujeto eterno es el que también Sade quería borrar de la faz de la tierra indicando que no quería dejar ninguna marca, ni de su obra ni de su nombre, sobre la tumba. Porque sabía que el lenguaje de alguna manera eterniza a lo que llamamos con Lacan el sujeto del significante. Sade tenía una moral muy sólida, sabía que pasar a la eternidad bajo la forma del lenguaje tenía una significación muy especial.

Tenemos entonces, esta experiencia del tiempo vinculada al lenguaje, que la podríamos escribir con la simple fórmula: S1-S2. Un significante que remite a otro incesantemente. Siempre esa remisión de un significante a otro puede producirse, ya eso nos indica que hay un desplazamiento hacia la infinitud. Que siempre después de un significante puede venir otro, lo que hace posible la idea del análisis infinito, como señaló Freud muy bien. Siempre puede haber una palabra más que venga a marcar esa infinitud.

La experiencia de tener un cuerpo hablante, el límite temporal y la urgencia subjetiva

Por otro lado y ahí viene toda la cuestión, la experiencia de tener un cuerpo hablante es siempre y cada vez la experiencia de un límite temporal. Introduce lo que podemos llamar la urgencia subjetiva; es decir, la urgencia de la pulsión en el cuerpo hablante, que es siempre y en su límite, la experiencia de la pulsión de muerte, como Freud mismo indicó a partir del año 20. En realidad toda forma pulsional en su límite es pulsión de muerte. Cualquier forma de satisfacción llevada hasta el límite del cuerpo, más allá del principio del placer, introduce la pulsión de muerte. En la medida que el cuerpo es hablante es mortal por mucho que se prometa una infinitud. Es el lenguaje el que nos hace mortales, entre otras cosas, porque es sólo por la palabra como incorporamos la mortalidad, el hecho de sabernos mortales. Eso, los antropólogos lo saben muy bien, que ahí donde hay espejos, hay símbolos y hay lenguaje, solo ahí el sujeto puede saberse mortal y puede enterrar a sus muertos. Pero sobre todo es así porque hay un cuerpo, hay el soporte que es el ser hablante que es tener ese cuerpo, en el que el lenguaje marca la instancia de la pulsión de muerte.

Entre estas dos dimensiones del tiempo infinito del lenguaje y el tiempo de la de la pulsión de muerte se juega el destino del cuerpo hablante y lo que podemos llamar sus estados de urgencia. En realidad lo que Lacan llamó “el tiempo lógico”, ese tiempo que se escande por instante de mirar, tiempo de comprender y momento de concluir, que sería la reducción primera a la que Lacan somete la experiencia del tiempo. Cualquier acontecimiento psíquico temporal se puede reducir a esa escansión, de un instante de mirar, un tiempo de comprender y un momento de concluir, sea la identificación, sea el fantasma, sea el síntoma, sea el desencadenamiento, incluso, de la psicosis. Eso le sirvió a Lacan como una estructura temporal fundamental para analizar todos los fenómenos psíquicos. Pero, hay que decir de inmediato que ese tiempo lógico que Lacan introduce en los años 50, es siempre un sofisma. Es por eso que Lacan titula ese texto El tiempo lógico y el aserto de certidumbre anticipada. Un nuevo sofisma. Lacan ya entendía que había un sofisma.

¿Qué es un sofisma? Es un razonamiento lógico que bajo la apariencia de una verdad, incluye un engaño. El ejemplo de los prisioneros –que no voy explicar aquí– es un bello ejemplo lógico de cómo se puede llegar a la conclusión de una identificación del sujeto a través de un proceso intersubjetivo. Pero, ¿por qué sería un sofisma? Sería un sofisma precisamente porque introduce sin decirlo, de entrada, en ese tiempo del lenguaje que sería reducible al logos, al lenguaje mismo, introduce algo que es la pulsión y que está introducido en el tiempo primero: instante de mirar. Ahí está introducida la pulsión escópica. El instante de mirar no es únicamente una representación que el lenguaje permite, no es una representación simbólica, sino que es el instante de mirar. Cuando uno mira está en juego el cuerpo, está en juego la pulsión, está en juego el objeto mirada, está en juego la pulsión de muerte también.

En el texto de Lacan la cuestión pulsional queda totalmente silenciada. Lacan no la introducirá hasta varios años después, de hecho podríamos decir que, hasta el Seminario X. La mirada como objeto pulsional cortocircuita siempre el comprender y el concluir, precipita al sujeto en una urgencia que no se puede reducir al pensamiento lógico, por eso es un sofisma lógico, no escapa a la doble dimensión temporal: tiempo infinito del lenguaje y tiempo cíclico de la pulsión. Es el cuerpo en tanto habitado por la pulsión lo que precipita al sujeto al acto. No es en realidad un proceso de interpretación de representaciones, es porque hay pulsión que puede haber paso al acto, que puede haber acto y que hay después un efecto para el sujeto de eso.

Una vez ahí, una vez situadas estas dos líneas de la temporalidad, que son dos formas de entender la experiencia temporal pero que van a ser dos formas de entender el inconsciente finalmente. Debemos señalar lo que me parece es una paradoja actual y es que cuanto más promesas de eternidad se producen, más urgencias subjetivas también aparecen. Cuanto más desplazamiento de la cadena significante se produce, y eso lo vemos también en la clínica, también se produce más angustia. Es uno de los fenómenos habituales en los adictos a Internet que no pueden parar de ir de una pantalla a otra o de un link a otro, y el no poder parar, llega a producir momentos de verdadera angustia. Es decir, cuanta más promesa de eternidad, más empuje a esa dimensión pulsional del tiempo, más hiperactividad podemos decir incluso, más pasaje al acto. En ese sentido cada uno es más o menos hiperactivo según la relación que mantenga entre estas dos dimensiones temporales, y es siempre relativa, según cada sujeto.

Vivimos pues entre la metonimia infinita inducida por el lenguaje en ese desplazamiento que el tiempo de la tecnociencia produce, e impone muchas veces, y la experiencia del cuerpo limitado por la pulsión y su exigencia de satisfacción inmediata. Que estamos en ese tiempo infinito y que siempre estamos en otra parte, es algo que se comprueba muy bien ahora con el uso de los móviles; el uso masivo, donde uno nunca está donde está, está en otra parte. Incluso escenas familiares donde se está con el móvil, sometido a esa ley del significante, de desplazamiento a otro lugar. A la vez eso y ésa es la paradoja, no deja de hacer más presente todavía la urgencia inmediata de satisfacción del sujeto. Casi diría que es inmediatamente proporcional, cuanto más promesa de desplazamiento de infinitud, más aparece la pulsión de muerte como exigiendo su precio.

En el cuerpo hablante, no es tanto el cuerpo en la medida que está hablando, sino el cuerpo que se produce en este anudamiento, entre el cuerpo y la lengua, ese anudamiento que también llamamos pulsión. Es un nudo entre cuerpo y lengua. La pulsión es siempre la experiencia de una urgencia subjetiva en relación a ese tiempo infinito del lenguaje. Y ahí, hay que decir que, para la pulsión, siempre es o demasiado pronto o demasiado tarde para encontrar su objeto o su satisfacción. Y en este demasiado, donde se juega el deseo como insatisfacción, en este demasiado, se presenta también la experiencia traumática que motiva la urgencia subjetiva. Siempre que hay una experiencia traumática algo ha ocurrido o demasiado pronto o demasiado tarde. Si hubiera estado un poco antes, no hubiera ocurrido… si hubiera estado un poco después, no hubiera ocurrido.

También podemos decir que el encuentro con la sexualidad es siempre traumático por eso, porque siempre viene o demasiado pronto o demasiado tarde, sea bajo la forma de la pubertad, de la escena de la seducción, de la escena del obsesivo. En toda la clínica vemos este desfase temporal de la pulsión y del tiempo del lenguaje.

Nudo entre cuerpo y lenguaje

Bien, una vez ahí, les propongo leer esas dos referencias del Silicet “El cuerpo hablnte”, que abordan cada una a su manera este nudo entre cuerpo y lenguaje en el que se sitúa la pulsión. La primera entrada de Antonio di Ciaccia: “Cuerpo hablante/parlêtre”. Parlêtre es un término lacaniano para ser hablante, pero también para la letra, también para el ser, incluso le podrán encontrar más variaciones si quieren. Un término que es un neologismo pero que permite lecturas muy diversas y todas ellas apuntan a la instancia de la letra en el cuerpo, a lalengua, al ser, al habla.

La primera pregunta que hace Antonio Di Ciaccia, y es una manera de retomar la distinción de la que les hablaba es, si hay o no una querella o una disputa entre el parlêtre de Lacan, ese parlêtre que se vinculará con el inconsciente y el inconsciente freudiano. Si hay alguna incompatibilidad, si estamos hablando de dos dimensiones distintas. ¿Cuál es el inconsciente freudiano?, del que recuerden que Lacan se diferenció muy pronto ya en el 64 diciendo, “el inconsciente freudiano y el nuestro”. Indicando que ya para Lacan, el inconsciente tomaba otro estatuto.

El inconsciente freudiano es una invención de Freud. Es el inconsciente que podemos llamar simbólico, que está regido por las leyes del significante, por la metáfora y la metonimia, que Lacan formalizará con los efectos de sentido producidos por la Vorstellung, por la representación, que es un representante de la pulsión en el aparato psíquico. Ese inconsciente supone un ser hablante, un ser que habla y que calla, porque se hace existir por el hecho de la palabra. Es el habla y no la escritura. Lo digo de entrada para marcar ya una diferencia, por eso un análisis no se puede hacer por escrito, aunque puede haber el lapsus escritus, el lapsus calami, etc. Pero, la dimensión del inconsciente es inherente a esa función de la palabra. El cuerpo aquí en ese inconsciente simbólico que habla en los sueños, en los síntomas, es más bien, un cuerpo hablado por el Otro. Es una observación de Antonio Di Ciaccia muy adecuada. Es el cuerpo hablado por el inconsciente y, tenemos el paradigma, en el síntoma histérico en lo que Lacan llamó los jeroglíficos de la histeria. El síntoma como una formación jeroglífica del inconsciente.

Pero, sabemos que hay un agujero en el inconsciente freudiano que queda nombrado por Freud, como el ombligo del sueño. Que pueden encontrar en esa garganta de la inyección de Irma, del famoso sueño freudiano, como lo no reconocido, como lo más real dice Freud. Que escapa de hecho a toda la movilización significante que se produce en el inconsciente simbólico, que aparece como un ombligo, –como un misterio dice Freud– que hunde sus raíces a lo más real y lo más no reconocido por el sujeto. Hay ahí un cierto índice de lo que será el inconsciente real, que está marcado por un efecto del lenguaje, un efecto del significante, pero que no se resuelve en ninguna significación posible. Y que tampoco puede interpretarse como tal. No hay interpretación posible para ese nudo. Todo lo que rodea esa garganta de Irma es todo lo que Freud analiza en el sueño como la producción del inconsciente simbólico. Analizar el inconsciente freudiano es encontrarse de diversos modos sin embargo con ese imposible de representar, modos de rodear ese real del ombligo del sueño.

¿Qué es el parlêtre?, distinto a este inconsciente simbólico. Es un ser hablante por la letra. No es por nada que si leen el sueño de Freud, ahí donde Freud debiera decir algo sobre ese agujero negro, que en realidad es una mancha blanca en la garganta de Irma, ahí donde Freud debería decir algo, dice: no puedo decir más. Pero lo que si vienen en el sueño son unas letras: las famosas letras de la fórmula de la trimetilamina. Lacan lo evoca en algún lugar, no es por nada que ahí no hay una palabra hablada, sino que aparece la instancia de la letra. Aparece una relación con lo literal o lo litoral para retomar la expresión del Lacan posterior, que viene como una hidra de al menos siete cabezas, que viene a escribir algo de ese real de la castración en ese nudo freudiano. El parlêtre incluye esta letra. Podríamos traducirlo por el hablaletra, es un ser hablante tocado por la letra.

Podría venir alguien y decir: ¿y los que no han aprendido a escribir? La letra en Lacan no es la letra impresa, la letra de la caligrafía, es la letra del síntoma. Es la marca en el cuerpo precisamente. Es el soporte real de cualquier significante. El cuerpo mismo puede ser entendido como una letra porque es el soporte de una marca de una significación, y de ahí podemos ir a la noción de Sinthome en Lacan, distinta a la del síntoma histérico. El Sinthome incluye esta relación con la instancia de la letra. Ahí se sitúa el inconsciente real, un real sin ley cuyo encuentro es contingente, es un encuentro vinculado a la tychè, al encuentro azaroso con efectos de sin sentido, que son a la vez, efectos de goce. Hablamos a veces de sujeto del goce –Antonio Di Ciaccia lo señala– es una expresión que sólo se encuentra una vez en la enseñanza de Lacan, cuando hace la introducción a las memorias de Schreber, a propósito del sujeto de la psicosis, curiosamente.

¿Por qué es a propósito del sujeto de la psicosis que Lacan puede introducir esa expresión del sujeto del goce? Vamos a decir del sujeto del goce si lo hubiera. Porque en realidad el problema es precisamente que el goce, que la pulsión es acéfala. Es decir no hay un sujeto que tiene una pulsión y la satisface. No, es la pulsión la que lo atraviesa, la que le lleva al acto y en todo caso el sujeto viene después como efecto de significación, dividido por esa pulsión. Pero no hay en ese sentido ni un sujeto de la pulsión ni un sujeto del acto. El sujeto es efecto de su acto en todo caso, pero no es el agente de su acto; es el que recibe las consecuencias del acto a través de la pulsión. El sujeto sufriente, el sujeto paciente podríamos decir, atravesado por el pathos de la pulsión misma. A la vez, diríamos que el término parlêtre viene al lugar de la imposible formulación de un sujeto del goce. Diríamos que si Lacan tiene que inventar el término parlêtre, es porque no puede hablar de un sujeto del goce, como sí puede hablar de un sujeto del inconsciente simbólico.

Lacan habla de un sujeto supuesto al inconsciente simbólico o del sujeto articulado en los significantes del inconsciente simbólico. Pero, cuando hablamos de la pulsión y de la vertiente del inconsciente real, Lacan tiene que inventar un término, inventa un neologismo. Realmente Lacan es así, cuando ve que hay un imposible de representar inventa una palabra nueva, como hace el psicótico por otra parte. Parlêtre o lalengua escrito todo junto, que es otra manera de nombrar esa instancia de la letra en el cuerpo hablante.

El parlêtre es otra manera de decir ser hablante, implica un encuentro entre ese sujeto del goce, si lo hubiera, con el sujeto de la representación significante, con el sujeto del primer inconsciente simbólico. Implica –cito a Antonio Di Ciaccia– “implica por un lado que el lenguaje, también él, está capturado en el goce”. Me parece muy importante señalar ese repliegue. Hemos distinguido leyes del lenguaje, y pulsión, pero ahora lo que hay que entender en la segunda parte de la enseñanza de Lacan, es que el lenguaje mismo no sólo no está separado de la pulsión, sino que está capturado –el término que utiliza Antonio Di Ciaccia es capturado–, está capturado en el goce. Es decir que hablar no es sólo representar significaciones, no sólo referirse a acontecimientos, sino que hablar introduce en sí mismo una forma de goce. Es decir el lenguaje como capturado por la misma pulsión.

Hablando el sujeto también goza. Es un goce vinculado a lo que el ser hablante tiene, es decir, su cuerpo. Luego hay que ver qué pasa con el goce de escribir, que es otra cosa, también hay el goce de escribir. Sabemos que los escritores hablan del goce de escribir, los analizantes hablan del goce de escribir; a veces vienen con sus escritos y eso ya implica una cierta relación con el goce que no es la misma que cuando se habla. Pero cuando se habla, también hay algo del orden de la escritura en la medida en que el lenguaje está atrapado por la pulsión. Así, dice Antonio Di Ciaccia, el cuerpo hablante es una expresión que no niega en modo alguno el inconsciente freudiano, simbólico, y su relación con el lenguaje, sino que le da al cuerpo su peso. Hace que el cuerpo sea un cuerpo habitado por el inconsciente simbólico. Por el hecho de tener un cuerpo y hablar se está sometido a esa imposición del goce del lenguaje, y digo imposición incluso, evocando el superyó. Hay algo superyoico en el hecho de hablar. De modo que el cuerpo hablante o parlêtre no sólo, no niega el inconsciente freudiano, sino que le da su cuerpo, le da su peso. Y no se trata aquí del cuerpo imaginario, no se trata del cuerpo del estadio del espejo, no se trata del cuerpo como organismo que se reproduce tampoco, sino del cuerpo que se mantiene como Uno, en tanto está apresado por el lenguaje como Uno, como un saco, dice lacan en algún lugar, como algo que contiene órganos, experiencias y que se funda en una diferencia interior y exterior que es tan ficticia como el lenguaje mismo.

Los que trabajan con niños autistas, con psicóticos, saben muy bien que la diferencia exterior-interior es tan ficticia por múltiples fenómenos que encontramos en la clínica; es en realidad una ficción del lenguaje también. Hay un testimonio precioso de un AE Ram Mandil de la EBP, sobre la experiencia de su cuerpo como un saco y la mochila que llevaba cuando llegaba a análisis y la cargaba continuamente. Hasta que un día el analista le dice: ya viene el hombre cargado con su mochila. Y se dio cuenta que en efecto, iba siempre con un saco como duplicando su experiencia corporal de saco, él mismo.

El parlêtre que analizamos es el que tiene y se mantiene en ese cuerpo hablante que tiene una consistencia de goce. Lo que nos llevará al término de sustancia gozante que me parece, introduce una tercera dimensión en el cogito cartesiano. Que trasciende el cogito cartesiano porque introduce no sólo la cosa pensante y la cosa extensa, sino que introduce la cosa que goza y que es un tercer elemento fundamental para entender qué es el psicoanálisis. Con Descartes no se puede entender el psicoanálisis, aunque su obra sea una condición fundamental porque sin ella no hubiera habido retorno del sujeto forcluido por la ciencia.

Voy a ir más adelante. Antonio Di Ciaccia después comenta un poco más esa dimensión de la pulsión y esa definición lacaniana de pulsión que está totalmente en la línea de lo que estamos diciendo. La pulsión como el eco en el cuerpo del hecho que hay un decir. Parece una definición muy abstracta pero no lo es en absoluto. Cuando uno habla es realmente el eco en el cuerpo del hecho que hay un decir. Es también ahí donde entendemos la lengua de una manera distinta de cómo la entienden los lingüistas o cómo la entiende el filósofo o el neuro lingüista. Lalengua, todo junto, para indicar esta dimensión de la lengua que corresponde al parlêtre, al inconsciente real, que se anuda al inconsciente freudiano, al inconsciente simbólico; pero que hay que considerar en su especificidad.

En la entrada de “Lalengua” escrita por Camilo Ramírez es una entrada muy bien escrita, muy fina, para entender el campo de extensión de este término, lalengua escrito todo junto, que usamos con tanta frecuencia. Introduce esta entrada con una cita de Lacan que es muy pertinente a lo que estamos diciendo. Dice Lacan en La tercera: “En la transferencia el analista es el sujeto supuesto saber, y no es errado suponerlo si él sabe en qué consiste el inconsciente, por ser un saber que se articula por lalengua, no anudándose a él el cuerpo que ahí habla sino por lo real con que se goza”.

Párrafo y frase muy compleja, pero que ven que anuda todos estos términos de los que estamos hablando. Qué se anuda en este párrafo? Se anuda lalengua. Lalengua misma es un nudo entre el inconsciente y el cuerpo hablante, entre el inconsciente y el parlêtre. Eso es lo que hace que, contrariamente a lo que dice la canción popular, las palabras no son sólo palabras, ni son evanescentes para los cuerpos, sino que marcan, como dice Camilo Ramírez, hacen muescas en el cuerpo, incisiones, marcas de un goce indeleble. Es por esto que dice Lacan que no está mal suponerle un saber al analista. Pero, si algún saber hay que suponerle es sobre ese anudamiento entre cuerpo y lenguaje. Sabe que existe ese anudamiento entre inconsciente y lalengua.

Lalengua es precisamente, la lengua en el sentido habitual, aquello de lo que en la lengua no es aire, que no son palabras que se lleva el viento y que no van al aire. Es lo real del lenguaje, es ese lenguaje capturado por la pulsión, que va a parar al cuerpo y que resuena en el cuerpo. Ahí es donde encontramos al cuerpo hablante. El cuerpo resonando con la lengua entendida en este sentido Es el cuerpo en el que la pulsión resuena como el eco de un decir. Todo esto no tiene nada que ver con la lengua entendida como un sistema de signos, como sistema de comunicación, es una máquina de gozar. Y, cuando el analizante habla, pone en marcha esa maquinaria de gozar, además de introducirse en las leyes del significante de su tiempo infinito, de su historia propia en el tiempo del lenguaje.

A modo de ejemplo voy a comentar un testimonio de un AE, Laurent Dupont. Hay un momento muy interesante después de muchos rodeos de una historia marcada por la tristeza. En su historia hay un cierto rasgo melancólico sobre todo vinculado al padre. También el caso de Luiz Fernando Carrijo, de Brasil, se ordena alrededor de una gran elaboración de un duelo. La elaboración del inconsciente simbólico durante años, rodeando y dando vuelta alrededor del molino de los significantes, para finalmente atrapar un real. En el caso de Luis Fernando Carrillo eso se sitúa en la luz, el objeto luz y la mirada. En el caso de Laurent Dupont toda esa maquinaria significante, al final del análisis, se reduce a la aparición en un sueño, donde hay muchas imágenes y escenas con mucho carácter imaginario, en el que aparece todo el aparato significante reducido a una simple secuencia de sonidos fuera de sentido: cac, cac, cac. Esa repetición de tres letras que evoca muchísimas cosas, se puede interpretar mucho, es el objeto anal, etc.; incluso él lo leyó como C. A. C. en francés, como aquí se concluye todo. Es el objeto anal, es también un carraspeo de la garganta que tuvo también importancia en su historia. Es la reducción finalmente del lenguaje a lalangue porque es algo que resuena en el cuerpo del sueño y muestra cómo todo el lenguaje se puede reducir a una cadena fónica que finalmente es sin sentido. Esa secuencia se desprende de todo sentido y no es ya ahí la tristeza, el afecto del sufrimiento eterno del sujeto que ha atravesado todo el análisis arrastrando ese sufrimiento con tinte depresivo, de sacrificio. Era el sujeto que se sacrificaba por su hermano, en todas las escenas de su vida. Sino que finalmente toma un carácter cómico en el sueño, una especie de gag, marcado por una ironía que ha marcado el estilo del sujeto incluso en sus testimonios de AE. Curiosamente él indica que eso se resuelve en su vida sexual y en su relación con los otros en un “Hay que tirar ni demasiado pronto, ni demasiado rápido y puedo salirme bien de las circunstancias”.

“Tirez”, en francés, tiene muchas connotaciones, incluso las sexuales, pero también pasar al acto de alguna manera u otra. Lo que va a marcar su estilo en una experiencia temporal. Hay que saber tirar ni demasiado pronto ni demasiado rápido. Hay que recordar que era un sujeto que se presentaba con la película que, en francés, se tradujo como “El hombre de las pistolas de oro”… Al final “es saber dejar caer las pistolas de oro y sólo así saber tirar ni demasiado pronto, ni demasiado rápido y salirme bien de las circunstancias”. Todo eso finalmente queda reducido en su historia a esa cadena fónica, a ese hilo de lalengua, que es la resonancia en su sueño y en su cuerpo de esa cadena fónica cac, cac, cac. Uno podría preguntarse, ¿todo el análisis para llegar a eso? Si, y es precisamente, por el análisis, gracias al análisis, que se puede llegar a aislar eso que lo hace parlêtre, que lo hace ser hablante, y que marca a muerte –hay que poder decirlo así– su relación con la pulsión.

m.bassols@me.com

Transcripción de Graciela Elosegui

Notas

1 . Miquel Bassols es miembro de la ECF, ELP, EOL, NLS y actual Presidente de la Asociación Mundial de Psicoanálisis.

2 . Primera parte de la Conferencia dictada en el marco de las Noches de la AMP. Hacia el X Congreso de la AMP. El cuerpo hablante: sobre el inconsciente en el siglo XXI, el 2 de febrero de 2016, en la sede de la Elp-Catalunya.