Revista Freudiana

Del discreto factor c a los momentos de excepción

Enric Berenguer


 

Enric Berenguer*

“Designemos la carencia subjetiva que se manifiesta aquí en sus correlatos culturales por la letra c, símbolo al cual es posible darle cualquier traducción que parezca convenirle. Este factor escapa [...] a la crítica, mientras el sujeto se satisfaga en él y asegure la coherencia social”.
Jacques Lacan, Intervención en el Congreso Mundial de Psiquiatría, 1950.1

“No se puede descuidar la importancia de este factor c, del que hablábamos [...] como a una constante característica de un medio cultural dado.”
Jacques Lacan, Función y campo de la palabra y el lenguaje en psicoanálisis.2

Estas dos menciones del factor c minúscula anuncian los desarrollos de los cuatro discursos y, en particular, el objeto plus de goce en el lugar de la producción del discurso del amo.

Del texto de 1950 subrayamos su “resistencia a la crítica”, su relación con la satisfacción del sujeto y su función en el aseguramiento de la cohesión social.

Esto nos remite a las características del discurso del amo. Todo discurso genera un orden de verosimilitud. Entiéndase en el contexto de la crítica de la verdad, definida como “hermanita de goce”.3 La verosimilitud se basa en el hecho de que el discurso permite compartir un tipo de satisfacción pulsional formateada por el significante y condensada en cierto objeto. Estar de acuerdo es compartir un modo de goce.

Esto es posible en un régimen de identificaciones donde un significante amo ocupa el lugar del agente. Y con la condición de que el funcionamiento del discurso genere el correspondiente saber. Este último es el medio cuya producción final es un goce altamente simbolizado, aunque mantiene la opacidad que le confiere su carácter de resto.

En la segunda cita destacaremos el adjetivo “constante”, que sugiere la permanencia de un elemento articulado en un funcionamiento y que tiende a resultar invisible. Todo ello en un funcionamiento normal y una regulación con valores lejos de extremos. Esta intuición temprana de Lacan es afín a la idea de funcionamiento normalizado de un discurso como régimen de producción de plus de goce.

Estas breves indicaciones dibujan una teoría de la cultura de Lacan. Vemos, en estas referencias tempranas y luego en el Seminario 17, una respuesta a dos textos mayores de Freud: Psicología de las masas y El malestar en la cultura. Se trata, por un lado, del régimen de las identificaciones que fundan lo colectivo. Pero lo que aquí se destaca no son estructuras de masa, sino un funcionamiento discreto dentro de un universo de discurso en el que los vínculos se dan, sin hacer énfasis en identificaciones imaginarias entre miembros de un grupo. Poner el acento en el universo de discurso no es lo mismo que ponerlo en los fenómenos grupales. Aquí se definen las opciones “por defecto” propias de un régimen civilizatorio. Se trata de lo posible, de lo pensable, así como, en el extremo opuesto, de lo imposible, de lo impensable, lo que no se formula porque no es factible hacerlo.

En su formulación del factor c y en la definición del discurso del amo y el régimen de satisfacción por él instaurado, Lacan se refiere a fenómenos en su mayoría inconscientes, invisibles. Esa “normalidad” establece lo más parecido a un régimen “natural”, el aire que se respira en un medio cultural. De ahí que Jacques Lacan destaque que resiste a la crítica. En efecto, para que algo sea criticable debe ser visible.

En un funcionamiento normal del discurso, el factor c no da lugar a identificaciones manifiestas ni a fenómenos de masa. Por otra parte, cada sujeto se relaciona con las determinaciones y limitaciones del discurso a partir de sus condiciones y en buena medida en cierta soledad.

Una lectura atenta, en el Seminario 17, de lo concerniente al plus de goce en la estructura del discurso del amo, nos aporta una clave: “Hemos acentuado desde siempre que de este trayecto surge [...] una pérdida. [… lo designa] la letra que se lee como el objeto a”. Y en el párrafo siguiente: “extraemos esta función del objeto perdido [… del] discurso de Freud sobre el sentido especifico de la repetición en el ser que habla.”4

Pocas páginas más adelante, la naturaleza y función del objeto plus de goce se precisan: “[de este objeto dije que] toda la dialéctica de la frustración se organiza a su alrededor. Esto significa que la pérdida de objeto es también la hiancia, el agujero que se abre a algo que no se sabe si es la representación de la falta de goce, que se sitúa por el proceso del saber […] llamo plus de goce a lo que surge aquí, no lo articulo como forzamiento o transgresión.”5 En este contexto se introduce la referencia a la plusvalía de Marx: “¿Qué se paga con eso [...] sino precisamente goce?.”

Tales son las líneas generales de una modalidad del malestar en la cultura, bajo el régimen del discurso del amo. Allí el discurso puede producir un plus a partir de la pérdida. Se combina así la teoría freudiana de la necesaria represión de las pulsiones, como condición para un vínculo social, con el concepto de repetición, cuya doble cara inscribe al mismo tiempo una pérdida fundamental y la perspectiva de una recuperación. La plusvalía marxiana permite situar este milagro de la maquinaria del discurso, consistente en producir un plus a partir de una pérdida. Pero a pesar de esta referencia a Marx, Lacan no considera equivalente el discurso del amo al discurso capitalista. En realidad, el discurso capitalista se instituye mediante una operación que radicaliza algunos de sus elementos y lleva a cabo una verdadera mutación.

Así, en el régimen normal del discurso del amo todo el funcionamiento se produce en torno a una falta, una pérdida, incluso un agujero. Retendremos este término, importante para conectar esto con desarrollos posteriores de Lacan, en los que se pasará de la estructura del discurso a la topología del nudo borromeo. Con el matema del discurso del capitalista, Lacan plantea otro funcionamiento, en el que desaparece la imposibilidad. Esto es correlativo del cortocircuitado de la palabra, la relación adictiva del sujeto con su goce y, en términos de Lacan “la Verwerfung, el rechazo fuera de todos los campos de lo simbólico […] rechazo de la castración.”6 El discurso del capitalista se convierte así en un circuito continuo, donde se abole la barra entre la producción de plus de goce y el lugar de la verdad. Como consecuencia, el sujeto está bajo las órdenes del plus de goce y la verdad ya no es hermanita de goce, se confunde con él pura y simplemente.

Por otra parte, el sujeto del capitalismo es un sujeto desidentificado, quedando así en falta de identificación. Esto lo hace más sensible a las ofertas de una identidad capaz, no ya de permitirle al sujeto consentir a la castración, sino de encarnar el plus de goce bajo cuyo mando se encuentra. Así, el discurso capitalista y las soluciones identitarias solo aparentemente se oponen: en realidad se distribuyen sobre una banda moebiana, a modo de una falsa oposición.

En condiciones históricas como las que vemos en Europa hoy día, las identificaciones inclusivas, mediante las cuales el sujeto consiente en ceder algo de su goce, dejan paso a identidades en las que la promesa de una recuperación de goce es esencial. Y a diferencia de lo que sucede en el régimen normal del discurso del amo, no se trata de identificaciones inconscientes, en las que el sujeto está separado del S1 por la barra de la represión y que, por este mismo motivo, no anulan la división del sujeto. Se trata de algo completamente distinto: del forzamiento de identificaciones imaginarias que mediante un proceso de polarización responden a una lógica a-a’ y tienden a simplificarse en una perspectiva dual.

El tratamiento del discurso del amo mediante el dispositivo democrático incluye mecanismos contra la concentración de poder y el predominio de las identificaciones imaginarias. La democracia es un funcionamiento que relativiza las identidades y modera el papel de los rasgos de goce correspondientes, relegados a la dimensión de resto al que Lacan aludía con el factor c.

Pero el discurso capitalista agrava la desidentificación del sujeto hasta una profunda anomia. Y su circuito, en el que las trabas e imposibilidades de toda clase desaparecen, es afín al circuito pulsional mismo. En este marco se entiende que las identificaciones puedan adquirir un valor distinto, como formaciones reactivas de un tipo particular. Aquí la hipótesis planteada por Jacques-Alain Miller de una nueva alianza de la identificación con la pulsión resulta luminosa.

En este régimen reactivo, las identificaciones no corresponden al funcionamiento normal del discurso del amo. Nada inconsciente aquí, ninguna división, sino florecimiento de identidades en el plano del yo. No es sorprendente que todo se exacerbe y se torne previsible. Estamos lejos de la discreción del factor c y su forma de colorear de un modo implícito una realidad común, de los límites sutiles a lo que es pensable o verosímil. Se trata, muy al contrario, de una identidad autoconsciente y fomentada, que obtiene la recompensa de la inclusión por parte de una comunidad de pares. La duda ya no está permitida, los matices se pierden. Lo que predomina entonces en la cultura es la producción de relatos explícitos. Más que el factor c como residuo de una historia, lo característico es el desarrollo de un discurso en el que la producción de sentido es intensa y constituye un modo fuerte de satisfacción, sin falta. Se pasa del régimen de una nostalgia difusa al de un entusiasmo autosatisfecho y expectante.

enricberenguer@gmail.com

Notas

* Enric Berenguer es miembro de la AMP y de la ELP, AME y actual presidente de la ELP.

1 Lacan, Jacques. “Intervención en el primer congreso mundial de psiquiatría 1950”. Intervenciones y textos I. Manantial, Buenos Aires, 1986, p. 36.

2 Lacan, Jacques. “Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis”. Escritos 1. Siglo XXI, Buenos Aires, 2014, p. 238.

3 Lacan, Jacques. El Seminario, libro 17, El reverso del Psicoanálisis. Paidós, Buenos Aires, 2006, p. 71

4 Ibid., p. 13.

5 Ibid., p. 17-18

6 Lacan, Jacques. Hablo a las paredes. Paidós, Buenos Aires, 2012, p. 106