Revista Freudiana

Presentación del dossier Autismo: síntoma o estructura

Berenguer, Enric


 

Enric Berenguer1

PRESENTACIÓN DEL DOSSIER AUTISMO:
SÍNTOMA O ESTRUCTURA

La serie de artículos contenidos en este dossier saca el mejor partido de las elaboraciones que en los últimos tiempos se han dado en el Campo Freudiano acerca de un tema, como el del autismo, que constituye un verdadero debate. Un debate, hay que decirlo, no sólo entre los psicoanalistas lacanianos y otras orientaciones, sino entre nosotros mismos.

Como se puede apreciar, la noción aportada por Éric Laurent de un modo específico de retorno del goce (retorno a un borde, tal como lo planteó en su artículo “Los espectros del autismo”, un neo-borde, tal como lo ha calificado más recientemente) constituye la referencia más segura para aislar la especificidad del fenómeno autístico entre el piélago de manifestaciones clínicas que han venido a ser agrupadas en la categoría del “espectro autístico”, la cual, por poco que nos descuidemos, amenaza con engullirlo todo.

Esta noción de retorno del goce a un borde tiene la virtud de introducirnos a una lógica del síntoma, más acorde con una época del psicoanálisis lacaniano en la que se constatan los límites de la idea de estructura, tratándose de alojar la infinita e indefinida variedad de singularidades por la que transcurre, si se las sabe escuchar y alojar, el quehacer cotidiano de la clínica. Lógica del síntoma, decimos, puesto que la idea misma de retorno traduce la intuición freudiana de la constitución de todo fenómeno sintomático en dos tiempos, el segundo de los cuales, en el campo de las neurosis, es el retorno de lo reprimido. Con la particularidad, avanzamos como hipótesis, de que el modo de forclusión en ciertas condiciones del ser hablante (en ese límite en el que éste se presenta radicalmente como ser hablado) impide que lo que retorna sea significante en lo real: no habría alucinación. Retorno, pues, en este caso, de puro goce desanudado, sin marca, frente al cual el sujeto acomete la titánica tarea de una regulación, una localización.

Si podemos, pues, de este modo, situar el segundo tiempo de un síntoma en la forma de un tipo de retorno, ¿cuál sería el primer tiempo que permite hablar del segundo como tal? Sin entrar en el debate de si el autismo es o no una forma de psicosis, si es o no otra estructura -ya que eso sería volver a orientarnos mediante un concepto, el de estructura, que en esta zona muestra claramente sus límites- pero aceptando la necesidad de situar su especificidad, una pregunta ineludible permanece en torno a la cuestión de ese primer tiempo.

Ahí surge como un punto de referencia crucial la reciente indicación de Jacques-Alain Miller en Montpellier, sobre la necesidad de repensar la noción misma de forclusión a partir de lo imaginario -de acuerdo con un paradigma en el que la noción misma de centro estaría en cuestión, pero en el que la experiencia del cuerpo resulta ineludible.

La serie de casos mencionados en los diversos artículos que vienen a continuación, ¿acaso no sitúan lo imaginario como un elemento fundamental, tanto en cuanto a los trastornos a los que el sujeto se enfrenta, como en cuanto a los medios con los que a ellos se enfrenta? Y es ahí, en ese terreno, donde surge la posibilidad de una distinción entre el fenómeno autístico y el fenómeno psicótico, entre el síntoma autístico y el síntoma psicótico, distinción que, por otra parte, no siempre cumplirá las expectativas de nitidez que suele esperar aquello que llaman diagnóstico. Pero, ¿no se debe esta falta de nitidez, en buena medida, al hecho de que lo imaginario es el reino de la continuidad, no el de las oposiciones binarias a las que lo simbólico nos tiene acostumbrados?

Desde esta perspectiva de una centralidad de lo imaginario, en efecto, entendemos mejor el alcance del concepto de retorno del goce a un borde, en oposición, por ejemplo, al retorno del goce al cuerpo en la esquizofrenia. Y es que, como nos demuestran los ejemplos clínicos aquí recopilados, para que el goce retornara al cuerpo sería preciso que el sujeto tuviera uno. Esos niños y niñas de quienes aquí se habla, cuya palabra precaria o naciente, incluso muda, aquí se retransmite, nos enseñan que tal premisa, de un modo u otro, no se cumple para ellos -aunque ciertamente el modo de no cumplirse permite una variedad de formas que a veces nos puede llegar a desorientar.

Como antecedente de la luminosa propuesta de Éric Laurent sobre cierto tipo de borde como característico del autismo, es inevitable referirse al famoso “caparazón” de Frances Tustin. Pero si decimos que tal propuesta es luminosa, es precisamente porque distingue aquello que la noción de caparazón confunde: el cuerpo y el borde. En efecto, sólo a partir de esta separación podemos entender que un problema en la clínica del autismo es que se tiende a superponer el borde y el cuerpo, partiendo de la base, absolutamente equivocada, de que la superficie imaginaria del cuerpo anatómico es para el sujeto de dicho síntoma una referencia. Nada introduce mayor confusión.

Ya sea que el cuerpo se abandone en manos del Otro como una marioneta, ya sea que la desconexión con él sea tan radical que falta toda respuesta al dolor fisiológico, ya sea que la distancia métrica entre el objeto angustiante y el “cuerpo” del sujeto demuestre ser equivalente a cero, aunque se trate de un avión que pasa a muchos kilómetros, todo converge para demostrar que esa frontera, la corporal, no está establecida. El borde no está ahí, ni es eso. Ello justifica que Éric Laurent hable de “neo-borde”, porque se trata de una producción del sujeto que no toma como referencia ningún límite establecido, ni por la anatomía ni por lo que se podría suponer de un trayecto de la pulsión.

Ahí entonces, en ese límite complejo, a veces litoral, se juega el destino de muchos casos: concierne al lugar que tendrá el cuerpo anatómico respecto de ese borde y de sus desplazamientos. Quizás aquello que más se tienda a considerar una “normalización”, las transformaciones del síntoma autístico que suelen resultar más simpáticas porque dan más lugar a la empatía, son aquellas en las que el borde autístico acaba incluyendo mejor el borde anatómico, haciendo de esa modalidad del ser hablante alguien en quien más podamos reconocernos.

Así, en algunos de los niños de los que aquí se testimonia, se verifica que algo del trabajo del sujeto, bajo transferencia -y aquí la transferencia es, ciertamente, un elemento fundamental- ha consistido en acercar su neoborde a los límites imaginarios del cuerpo en el espejo. Un cuerpo que ya podrá ser nombrado como la pertenencia de un niño, o de una niña, y al que el sujeto podrá empezar a atribuir toda una serie de cosas, de entre todo aquello que el discurso espera de un ser de tal nombre.

Que un niño, o un adulto, como en el caso de Donna Williams, deba seguir los pasos lógicos del estadio del espejo para poder hacerse un cuerpo, para atribuírselo, para alojar en él algo de su libido al fin desprendida mediante una extracción más o menos laboriosa de un objeto ya separable, que luego deba proseguir su labor para evitar las trampas de la fascinación falsamente vital, a la larga mortífera, del doble -todo ello nos muestra hasta qué punto algo del primer tiempo del síntoma autista se sitúa en un statu quo ante de la subjetivación y la apropiación del cuerpo por parte del ser hablante.

Pero ¿dónde dejaría esto a la dimensión significante, ya que la referencia más cierta para entender su estatuto en el fenómeno autista sería la del Uno solo? También en este punto, tan difícil como fundamental, una orientación de Jacques-Alain Miller, esta vez su comentario sobre el “Hay uno” de Lacan en su curso del 18 de mayo de 2011, nos ofrece una vía para el entendimiento. Como el planteó, el Hay uno debe entenderse en conexión con otro hay, el Hay cuerpo, estando precisamente dicho cuerpo en el lugar del Otro, el único Otro que hay. A lo que se añade que sin este Otro del cuerpo, lugar desierto para la inscripción del Uno, ni siquiera el Uno es igual. Salvo, precisamente, entendiendo que se trata del Uno más solo, aquel al que se le niega, en el momento mismo en que iba a suceder, la propia inscripción. La forclusión autista tendría quizás esta fórmula: una sustracción del cuerpo como Otro del Uno del significante, que deja al Uno completamente solo. De ahí la ambigüedad, en los fenómenos, de la dimensión de ese Uno del significante en el autismo: imponente, por un lado, en su presencia que ningún dos de relación puede moderar, encauzar, articular; impotente, por otro lado, ya que el Otro que requiere para poder adquirir la dignidad de un significante amo, capaz de fijar el goce, se le sustrae.

Tal es la astucia radical del fenómeno autista, que Donna Williams llama “el arte de desaparecer”: dejar al significante sin aliento, dejar sin aliento a toda forma de relación, incluso la del Uno con el Otro (el más mínimo) del cuerpo.

Quizás por eso se menciona en algunos de estos artículos, siguiendo de nuevo a Éric Laurent, que la forma en que el cuerpo interviene decisivamente en aquello que permite del objeto una extracción, sea un acontecimiento. O sea, algo que implica una respuesta de lo real, la cual llama, quizás incluso exija, una trasformación del statu quo imaginario. Algo de la falta podría entonces alojarse en el espejo, más allá de los límites de la dinámica del doble.

enricberenguer@gmail.com

Notas

1Enric Berenger es psicoanalista, miembro de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis (ELP).