Revista Freudiana

Freudiana nº 55

enero/abril 2009


EDITORIAL

¿De qué da testimonio la desinserción? En su libro Vidas desperdiciadas. La modernidad y sus parias, Z. Bauman nos habla de la modernidad líquida, como metáfora sobre la precariedad de los vínculos, en su transitoriedad y desregulación. Lo presenta como el fin de una época de inserción en estructuras sólidas y su consecuente e inevitable producción de «residuos humanos» y «poblaciones supefluas»,

Plantea como principales estrategias utilizadas en la relación con los otros: la étnica, (separación, exclusión), la fágica (asimilación, el despojar de lo que lo hace «otro») y el hacerles desaparecer. G. Agamben citado por J. Alemán en su artículo Derivas sobre la Inserción-Desinserción, en La brújula n° 145, plantea al soberano actual realizándose como tal en tanto genera exclusión, espacios de indistinción, lugares donde no se puede determinar si uno está en el interior o en el exterior. Eso lo hace Amo, esa capacidad de exclusión radical a un exterior absoluto en el cual no se sabe a que atenerse.

El deseo del analista va acompañado de cierta soledad, ¿cómo quedar como resto separado, que no desinsertado? ¿Con qué construir nuestra dársena? ¿Qué posibilidades de inserción se plantean para el Psicoanálisis en el siglo XXI?

Estas cuestiones se ponen en juego en cada uno de los artículos de nuestro Dossier (Des)inserción en Psicoanálisis, en los que la desinserción se presenta como uno de los nombres de lo Real en nuestra época. S. Cottet en Desinserción: lo sin nombre, nombra ciertos modos de goce que hacen síntoma social, y plantea el síntoma en relación a una elección, y no como un déficit en relación a la norma. H. Freda en Responsabilidades del psicoanalista, presenta la transferencia como lugar de inserción y lee en la desinserción social, lejos de la idea de la incapacidad de adaptación, la marca de una imposibilidad de asumir la subjetividad de la época. Llegamos así al artículo de P-G. Guéguen Todos estamos desinsertados, donde muestra al desinsertado no entrando en el discurso del amo ni en el capitalista, oponiéndose al «para todos»,

El psicoanálisis es lo que permite la escucha de lo que en el síntoma hay de objeción a la inserción en lo universal. J.-A. Miller en El aparato de psicoanalizar en Quarto n° 64, plantea dicho aparato como el que trata lo mental supuesto por lo social. Lo social teje la red en la que se dará la intersección entre el sujeto y el Otro, que posibilitará o no la inscripción en el lazo social. La Clínica desde su orientación hacia lo Real del síntoma permite calibrar el grado de precariedad de la inserción del sujeto en lo Simbólico, como dan cuenta los casos presentados por E. Faire y M. A. Vázquez.

J.-A. Miller en Hacia Pipol IV, en Freudiana 52, nos dice que «un analista no puede funcionar mas que si está en contacto directo con lo social». Algo que J.-D. Matet plantea en No hay psicoanalistas en institución sino efectos psicoanalíticos, efectos que no dependen del encuadre sino del discurso y de los que dan cuenta los trabajos de P. Larena y L. Troianovski.

En el Curso La orientación lacaniana, J.-A. Miller realiza una lectura del Seminario De un Otro al otro, que va del mito a la lógica, hasta la apuesta por el goce.

Algo que se pone en juego en las enseñanzas sobre el Pase, como testimonio de la relación del sujeto con el goce, C. Menghi muestra la experiencia de un análisis en el que llega a operar con el resto, a saber hacer con él. M. Termini hace un recorrido desde la «cháchara del fantasma», trenzado que hace sentido, hasta el incidente de goce, fuera de sentido. En Lecturas, A. Teixidó reseña el libro de I. Durand, psicoanalista y miembro de la ELP. En el apartado Investigación contamos con el excelente trabajo de Dominique Laurent, quien toma en detalle el caso Aimée, siguiendo paso a paso la enseñanza de Lacan.

En el surco de su enseñanza ubicamos los Temas de Escuela. Y. C. Stavy en su lectura del Acta de Fundación de Lacan, interroga sobre Pragmática y deseo del analista.

En Perspectivas de política lacaniana, J.-A. Miller nos advierte sobre la autonomía del discurso analítico, como principio de su política. No se trata de un servilismo a lo «social», con su patético asistencialismo, sino de encontrar la forma de aunar nuestra pragmática, y la política de la escuela para lograr el punto de inserción en nuestro tiempo.

Gabriela Galarraga
g.galarraga@urovirtual.net