Revista Freudiana

Freudiana nº 43

enero/agosto 2005


EDITORIAL

Uno de los temas más apasionantes en la historia de la teoría y la técnica psicoanalítica es, sin duda, el de su eficacia terapéutica.

Lo fue desde el primer momento, desde los mismos inicios del método hipnótico aplicado por Freud y la decepcionada verificación de que los efectos terapéuticos obtenidos por ese método, eran tan rápidos y sorprendentes como caducos en el tiempo: al cabo de un más o menos breve periodo de franca mejoría la sintomatología regresaba como alma en pena a los mismos lugares de donde abruptamente había sido desalojada…

La renuncia a la sugestión es el acto ético mediante el cual Freud inventa el método analítico propiamente dicho. Y será a partir de este punto que veremos alzarse una tensión constante entre lo analítico y lo terapéutico -al decir de Freud, entre el oro puro del análisis y el cobre de la sugestión-, tanto en el interior de las elaboraciones teóricas y clínicas, como en el seno mismo del movimiento psicoanalítico. Ya que si por un lado, Freud se encuentra con poderosas fuerzas que se oponen al análisis conforme este progresa, e incluso conforme va obteniendo espectaculares efectos terapéuticos, por el otro, en el seno del movimiento psicoanalítico algunos de sus discípulos propondrán recursos técnicos y clínicos para aumentar esa eficacia terapéutica, y de paso acortar lo más posible la duración del tratamiento.

Así, nos encontramos con un Freud que con relación a su propia práctica clínica, se ve confrontado a un real que se opone de continuo a la labor analítica -pero con el que finalmente se guía a modo de brújula en la dirección de la cura-, y con respecto a sus discípulos será el que -amparándose en la estructura del goce, el famoso factor económico- se alzará, como si de un representante de lo real se tratase, en contra del siempre peligroso furor sanandi.

Esa tensión, tensión de estructura, se prolongó a lo largo del siglo pasado bajo diversas formas y rostros, hasta llegar hasta nuestros días en los que sigue siendo motivo de apasionados debates en todo el campo de la salud mental; máxime cuando con respecto al síntoma se ha llegado a alcanzar tales cuotas de odio, que pocos parecen haber caído en la cuenta de que todo el inmenso arsenal terapéutico que se esgrime para luchar en su contra y eliminarlo, no consigue sino hacerlo crecer y multiplicarse por doquier.

Sin embargo, nuestra política es otra y se encuentra marcada por una orientación lacaniana muy precisa: la política del síntoma, una elección radical que trata de orientarse a partir del núcleo real del síntoma en tanto imposible e ineliminable.

Las contribuciones contenidas en este doble número de Freudiana así lo demuestran. Su eje central se articula alrededor de una selección de trabajos expuestos en el Taller sobre Efectos Terapéuticos del Psicoanálisis, y muestra cómo una práctica orientada por lo real puede obtener efectos terapéuticos sin eliminar la singularidad propia del sujeto en su implicación en lo sintomático, al mismo tiempo que, tal y como lo señala Jacques-Alain Miller en su «Psicoanálisis y Sociedad», permite interrogarnos desde el núcleo mismo del dispositivo analítico sobre aquello que consideramos el Otro en su dimensión social, es decir, que dicha orientación permite interrogarnos sobre lo más íntimo y lo más extimo del sujeto. En torno a ese eje central de los efectos terapéuticos y de esa interrogación sobre el Otro, el lector podrá encontrar una larga serie de trabajos fuertemente articulados entre sí, sobre el pase y su pasador, sobre las terapias breves, sobre la política del analista en relación al bien y al mal, sobre el abordaje de las emergencias en ese pliegue abismal por el que a veces transita el ciudadano actual de las megápolis, hasta llegar a poder recrearse en una de las figuras centrales en la transmisión del psicoanálisis en lengua castellana, como lo fue ese singular analista llamado Angel Garma.

Para concluir, no dejaremos de señalar la enorme satisfacción de contar en Freudiana con un excelente, a la par que delicioso artículo de Paul Auster, en el que lanza una reflexión muy certera y aguda sobre las paradojas de la economía de mercado en el régimen capitalista y la estructura del sujeto allí comprometida.

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José Manuel Álvarez