Revista Freudiana

Freudiana nº 41

mayo/agosto 2004


EDITORIAL

En su escrito «El porvenir de una ilusión» Sigmund Freud afirma que cada individuo es enemigo de la civilización y que sólo renuncia a sus pulsiones destructivas por la coerción que le impone la cultura. También afirma que la instauración del monoteísmo fue un avance fundamental en la civilización humana. Las razones de esta certidumbre se deducen de sus textos sobre la religión y la función paterna.

El monoteísmo es, para Freud, una conquista porque somete al hombre a la ley del padre, «al retorno del dios paterno único, exclusivo y todopoderoso».1 En este aspecto, el fundador del psicoanálisis es heredero directo de la tradición judeo-cristiana que en su lucha por imponer un Dios universal combate al politeísmo tildándolo de demoníaco.

La idea de que el Uno se impone al caos viene de lejos y atraviesa distintos momentos de la civilización occidental.2 Al final del libro 12 de su Metafísica Aristóteles afirma, citando la Ilíada: «Pero los seres no quieren verse mal gobernados, el mando de muchos no es bueno, basta un solo jefe.» El filósofo recurre a las palabras de Agamenón en su polémica con el pluralismo platónico. Se trata de la defensa del principio único que coincide con el «ser poderoso», En el libro 12 de la Metafísica, Dios es la meta trascendente de todo movimiento, es el que reina en el conflicto de poderes.

Las explicaciones aristotélicas sobre teología alcanzaron su pleno desarrollo con el judaísmo y con el cristianismo. En su polémica con el culto politeísta Filón de Alejandría utiliza al personaje del patriarca bíblico Jacob, hijo de Isaac. Jacob es el símbolo de los que sostienen que el espíritu surge en el desorden de la poliarquía para instaurar la ley en el caos.

El pensamiento de Filón es el siguiente: Dios restaura el orden que se guía por la ley. Esta idea, la restauración del orden político en el cosmos, es tomada de Platón, quien en el Timeo afirma que el demiurgo crea el orden a partir del desorden.

La idea de la monarquía de un Dios omnipotente y sensato se enfrenta al politeísmo demoníaco y caótico, equivalente a la posesión del alma del poeta y la mujer.

El monoteísmo cristiano se enfrentará con críticos entre los que destaca Celso, que acusa a los cristianos de introducir separatismos y rebeliones en el gobierno de Dios, ya que el monoteísmo hace de Dios un partido que crea antipartidos.

La argumentación crítica de Celso señala que la tradición judeo-cristiana tiene como destino segregar al resto de los hombres.

El monoteísmo cristiano es partidista y excluye el culto a otros dioses, se trata del partido del Dios único que provoca rebeliones. Celso teme un efecto político indeseable: la destrucción del imperio romano, tolerante con las religiones tradicionales de los pueblos que gobierna. Para Celso, el monoteísmo no puede someter a los pueblos bajo una única ley, ya que sus consecuencias serían desastrosas. Lo que se debate es en realidad el problema político del imperio romano.

Orígenes, apologista del monoteísmo judeo-cristiano, defiende un Dios omnipotente que reúna a todos los pueblos bajo una misma ley. Sueña con borrar todas las particularidades nacionales y las diversas lenguas, comparando el politeísmo con la multiplicación de las mismas. El teólogo griego vincula la existencia de los estados nacionales y de las diversas lenguas al politeísmo demoníaco.

Frente a ellos los apologistas cristianos sostienen los siguientes conceptos: el imperio romano, la Pax Augusta, el monoteísmo y la monarquía del César romano.

Así el emperador Augusto aparece como el único y el mejor entre los hombres que reina -y no casualmente- en el momento del nacimiento de Cristo.

Desde sus comienzos el monoteísmo se presenta como un problema político que enfrenta a lo Uno con lo múltiple. En su combate con los cultos paganos los cristianos rechazaron a los dioses nacionales aduciendo que los mismos no podían gobernar, su idea de «imperio romano» significaba la desaparición del pluralismo nacional.

¿Por qué evocar hoy en plena crisis del orden patriarcal esta historia que ya pertenece en nuestra cultura al pasado? Por la estrecha relación que ésta mantiene con nuestra realidad actual y con el discurso analítico.

El debate entre lo Uno y lo múltiple se agudiza hoy más que nunca y llama a responder a los psicoanalistas sobre problemáticas actuales y candentes, se trate de la clínica, la función paterna, el estatuto de la familia, el arte, la ciencia o la política.

El monoteísmo fue una estrategia de dominación y de represión sobre los goces particulares de los pueblos sometidos en nombre del Dios único.

La elaboración freudiana llevó al psicoanálisis a un impasse al detenerse en el padre idealizado. Jacques Lacan realizó un paso trascendental en su enseñanza al pasar de una problemática de dominación a una de anudamiento, introduciendo ese elemento suplementario que denominó Sinthoma.

wernicen@inicia.es
Daniel Cena

Notas

1 Sigmund Freud, «Moisés y la Religión Monoteísta: Tres Ensayos», 1934-38, Obras Completas, Biblioteca Nueva, Madrid, 1972.

2 Erik Peterson, El monoteísmo como problema político, Editorial Trotta, Madrid, 1999.

Freudiana

Freudiana es una revista de psicoanálisis editada en Barcelona bajo los auspicios de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis. Nacida en 1991, es una publicación de periodicidad cuatrimestral.

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