Revista Freudiana

Freudiana nº 40

enero/abril 2004


EDITORIAL

Heredero del Siglo de las luces, Sigmund Freud sitúa al psicoanálisis del lado de la ciencia, pues como ella se opone a las ilusiones y a las supersticiones que la religión, la magia o el animismo proponen a los hombres para paliar su relación con lo real.

Para el fundador del psicoanálisis éste sigue la senda de la ciencia en cuanto la misma tiene una relación con la verdad: “Su aspiración es alcanzar la coincidencia con la realidad, esto es, con aquello que existe fuera e independientemente de nosotros y que, según nos lo ha mostrado la experiencia, es decisivo para el cumplimiento o el fracaso de nuestros deseos. A esta coincidencia con el mundo exterior real es a lo que llamamos verdad. Ella es la meta de la labor científica...”1

Setenta años después, el psicoanálisis se enfrenta -paradójicamente-- a los ataques de quienes invocan a la ciencia para señalar que este se presenta sin recurso al método científico. Las acusaciones de charlatanería, impostura, superstición o simplemente estafa son frecuentemente enunciadas por los defensores de un mundo cognitivo feliz. En la llamada posmodernidad buena parte de la psicología académica se orienta hacia la “tecnología cognitiva” con el sueño de transformar al ser humano en un “científico” que se observa, controla y autorregula, tomando como modelo mental el Panóptico diseñado por Bentham en el siglo XVIII.2

Desde la segunda mitad del siglo XX la aceleración del progreso científico y su prestigio se acentúan de manera vertiginosa produciendo en la humanidad efectos sin precedentes. Jacques Lacan durante el transcurso de su enseñanza no dejará ni por un momento de interrogarse sobre el estatuto de la ciencia y sus efectos sobre el hombre contemporáneo.

En 1953 señala la emergencia de un nuevo tipo de hombre producto del discurso capitalista al que denomina: el horno psychologicus, pronosticando que las relaciones entre este nuevo hombre y los productos de la técnica serán reguladas de manera creciente por procedimientos psicotécnicos. Desde ésta perspectiva los productos técnicos de la ciencia se presentan como capaces de alienar al deseo del sujeto.

Dos décadas más tarde introduce el neologismo “letosas” para designar a los objetos de consumo productos de la ciencia, que ya en ese momento invaden el mundo atrapando al deseo del hombre.

La interrogación sobre la ciencia y la verdad pone en evidencia que el concepto de verdad en el campo científico es diferente al sostenido por el psicoanálisis. La verdad en la ciencia se reduce a una manipulación de cifras que prescinde de la verdad mítica en juego en el sujeto del inconsciente. Sin verdad mítica la ciencia no toma en consideración a la creencia, prescinde de ella: “La ciencia elide, elude, secciona, un campo determinado en la dialéctica de la alineación del sujeto, por cuanto la ciencia se sitúa en el punto preciso de la separación”.3

Apoyarse en la creencia es el punto de coincidencia entre el psicoanálisis y la religión. Fue el hombre de las luces, el hombre del siglo XVIII quien redujo la religión a una impostura, pero nuestra realidad actual con el retorno de lo religioso, nos demuestra que esa reducción fue simplista. Que el problema de la alineación y de la creencia en el Otro nos remite a la función del sujeto supuesto saber.

Es en el tratamiento de dicha función que el psicoanálisis de orientación lacaniana se separa de la religión. Pues si ambos campos hacen uso de esa creencia estructural del sujeto del inconsciente, el deseo del psicoanalista solo opera a condición de que él mismo no se identifique con dicha función.

No se pude decir lo mismo de las psicoterapias que usan como escudo el término “científico” desconociendo la estructura de la transferencia. Ese “lapsus”, esa falta de curiosidad y de interrogación sobre los poderes de la sugestión, desnuda un deseo inconsciente muy habitual: el deseo de dominar al semejante.

Fue el rechazo de ese deseo -que horrorizó al joven médico Sigmund Freud- el que posibilitó el descubrimiento del inconsciente y el que mantendrá vivo al psicoanálisis como una experiencia que tiene como condición el respeto por el ser humano.4

wernicen@inicia.es

Daniel Cena

Notas

1Sigmund Freud, “El Problema de la concepción del universo” (Weuanschauung). Nuevas Lecciones de Introducción al Psicoanálisis, 1933, O.e., Editorial Biblioteca Nueva, Madrid, 1972.

2Isabel Caro, Psicoterapias cognitivas. Evaluación y comparaciones, Paidós, Barcelona, 2003.

3Jacques Lacan, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Barral Editores, Barcelona, 1977.

4“Recuerdo también haber experimentado entonces una oscura animosidad contra tal tiranía de la sugestión. Cuando oía a Bernheim interpelar a un enfermo poco dócil con las palabras ¿Qué hace Ud? i Vous, vous contresuggestionnez!, no podía dejar de pensar que aquello constituía una injusticia y una violencia. El sujeto poseía un evidente derecho a contra sugestionarse cuando se le intentaba dominar por medio de la sugestién.” Sigmund Freud en: “Psicología de las Masas y Análisis del yo”, o. e. tomo III, Editorial Biblioteca Nueva, Madrid, 1972.