Revista Freudiana

Freudiana nº 21

septiembre/diciembre 1997


EDITORIAL

Que la pulsión esté ligada a un mensaje permitió a Jacques Lacan asimilarla, en 1960, a una cadena significante. Cuatro años después, en ocasión de lo que J.A. Miller ha señalado como “momento de refundación”, se produce un cambio de estatuto en su enseñanza; en la definición misma de inconsciente se incluirá el objeto de la pulsión.

En la pulsión “más cercana a la experiencia del inconsciente”, que es el modo como define Lacan a la pulsión invocante en el Seminario XI -pulsión sobre la que es necesario decir, poco hablan o escriben los analistas-, está en función un objeto cernido por el corte: la voz.

Ese objeto voz que en último término ya no es más la voz humana, es una voz "áfona"; un objeto no sonoro que no hay que confundir con la voz como objeto material provista de timbre, de volumen, de un tono y de una intensidad que la designan por tanto como objeto reconocible y clasificable: la voz que todo el mundo escucha. De allí que podamos decir, entonces, que el sujeto se encuentra atrapado, tironeado, entre por lo menos dos voces. Como si, cuando hablamos, lo que decimos fuera una respuesta a una primordial palabra del Otro, pero si bien siempre somos ya hablados, no obstante esa palabra del Otro está en blanco, no se puede apuntar a un agente especifico; es como la condición de posiblidad. En el momento en que entramos en el orden simbólico, una brecha inabordable separa para siempre el cuerpo humano de “su” voz. La voz adquiere entonces una autonomía espectral, nunca pertenece del todo al cuerpo que vemos. Si el objeto voz por excelencia es el silencio, es de notar cuando el grito silencioso resuena, porque si el objeto voz es mudo, lo que efectivamente resuena es el vacío cuyo tono no es otro que el lamento por el objeto perdido. Por eso es que el objeto sólo está, en la medida en que el sonido permanezca inarticulado; pero en el momento en que resuena el objeto es evacuado dando lugar al ambigüo lamento del sujeto. Ambigüo porque el mayor horror puede ser justamente una voz llegando “demasiado cerca” nuestro, mientras que la reverberación de la voz está al mismo tiempo destinada a mantener a suficiente distancia al objeto voz.

¿Podemos decir que la voz es para nosotros un tema privilegiado? ¿En qué sentido sería posible decirlo? Jacques-Alain Miller dio el comienzo de una respuesta a esta cuestión: “Lo que focaliza, lo que orienta el concepto -muy particular- de Jacques Lacan sobre la voz, es la noción de que el ser del sujeto escapa al significante, que no está a disposición del sujeto del significante, ese ser del sujeto que Freud designa cuando habla de Kern unseres Wesens expresión que Jacques Lacan recuerda con este objeto indecible”, Respuesta que

fue recogida en la discusión que siguió a la presentación de su esclarecedora ponencia en el Coloquio sobre "La Voz", celebrado en Ivry, en 1988, que hemos recuperado para abrir este número de FREUDIANA.

Coincidiendo con la misma referencia se incluye un trabajo muy preciso que con la virtud de la brevedad ejemplifica el tema.

En el apartado “Enseñanzas del pase” tres de las ponencias presentadas en el espacio de la Escuela tratan temas de especial interés tales como la diferencia entre construcción y atravesamiento del fantasma, reflexiones sobre la transferencia de trabajo, la decisión como nuevo modo de tratar la exigencia pulsional sin las “obligaciones del deseo” y la pregunta abierta sobre el destino final de la angustia.

Se incluyen también en el presente número temas sobre topología y clínica; diferentes aproximaciones a la formulación de J.A. Miller “el inconsciente Ξ intérprete”; sobre el núcleo real del síntoma y una lectura del Seminario RSI que toma como punto de partida el nuevo estatuto de lo imaginario en la enseñanza de J. Lacan a partir de los años 70. Completan esta edición dos casos sobre aspectos particulares que presenta la clínica de la psicosis y nuestro habitual espacio dedicado a reseñas de libros de interés para nuestra comunidad psicoanalítica.

Alicia Calderón de la Barca