Nuestra aspiración no será borrar toda peculiaridad del carácter individual en favor de una “normalidad” esquemática ni exigir que la persona que ha sido “psicoanalizada por completo” no sienta pasiones ni presente conflictos internos.
Sigmund Freud, “Análisis terminable e interminable”, 1937
Las pasiones del analista
Al inventar el psicoanálisis, Freud inventó una nueva función, la del psicoanalista. A lo largo de su historia, este significante se fue encamando de diversa manera en quienes lo soportaban. La formación de analistas, “diseñada” por la Asociación Psicoanalítica Internacional, introdujo una idealización de la persona del analista que llevó a afirmaciones tales como: “el analista cura menos por lo que dice y hace que por lo que es”1. Situar la cuestión del analista a partir del ser como constituido implícita o explícitamente, trajo como consecuencia la constitución de una máscara tras la cual resguardar la impostura2.
En su libro Psicoanálisis, una profesión imposible, Janette Malcolm, entrevistando a los analistas de la sociedad psicoanalítica de Nueva York, ilustra, a través de diferentes anécdotas, hasta dónde pueden llegar las cosas por ese camino. La intención de la autora no es crítica sino testimonial, lo que hace más interesante el documento. Así, en él podemos leer que dentro de la comunidad analítica de Nueva York de los años ’80, fraccionada en tres instituciones, el Instituto Psicoanalítico de Nueva York, el Instituto NYU (el ex Instituto de Downstate), y el Centro de la Universidad de Columbia para la investigación y formación psicoanalítica, los analistas pueden reconocerse en su pertenencia a alguna de ellas por la manera de vestir, por ejemplo, una americana de tweed. Estos rasgos casi cómicos delatan no obstante la psicología de las masas dirigiendo la formación de los analistas.
Las cosas sin embargo llegan a lo patético en casos tales como el uso de la “neutralidad analítica”; aquí ya no estamos en un “producto externo” a la situación analítica, sino en lo que atañe al manejo de lo que es el corazón de la cura: la transferencia. La anécdota que relata Malcolm, extrayéndola del artículo de Ralph Greenson La relación no transferencial, es lo suficientemente elocuente como para mostrar la pérdida de orientación en la dirección de la cura, a partir de la no comprensión de los conceptos capitales que fundamentan al psicoanálisis.
En el Seminario VIII sobre la transferencia, después de dejar a Alcibíades, paradigma de la posición del analizante, poseído por un amor, que es el amor de transferencia, Lacan vuelve su interrogación sobre quién dirige la cura. Es en el apartado que corresponde a la problemática de la contra transferencia, a través de la pregunta: “¿Qué es el analista durante el análisis, para el analizante?”3, donde comienza el avance sobre la cuestión del deseo del analista.
A partir de un comentario que tiene como base el texto de Freud Consejos al médico en el tratamiento psicoanalítico, Lacan aborda el tema de la neutralidad analítica. Refiriéndose a la idea que se tiene de ella en ese momento, dice: “en este punto aparece el ideal estoico que se suele forjar sobre la apatía del psicoanalista”4. La mención del ideal estoico adquiere todo su sentido en este contexto, pues la apatía estoica remite al concepto de ataraxia. La ataraxia significa la tranquilidad de ánimo, la imperturbabilidad, la ausencia de las pasiones. Era una de las cualidades de los dioses y una de las condiciones necesarias para la obtención de la felicidad.
La pregunta es si el concepto de neutralidad analítica se relaciona con esto, y si el final del análisis implica un estado subjetivo en el cual las pasiones quedarían anuladas. Dicho de otro modo ¿es el analista un ser superior que está más allá de las pasiones? Si ese fuese el resultado de la trayectoria de un análisis, algo del orden de lo “inhumano”, en el sentido de los dioses, quedaría como la marca de ese trayecto.
La respuesta de Lacan es diferente. Critica a quienes consideran esa posibilidad, señalando que sólo se puede opinar así desde una identificación del inconsciente con la suma de las potencias vitales (lebenstrieb). Al igual que Freud, Lacan dice que un análisis no conduce a este estado, no implica la anulación de las pasiones, al contrario, podría hacerlas más decididas; la ausencia de pasiones es de mal pronóstico. Por lo tanto, los sentimientos de amor o de odio que puede experimentar el analista en determinado momento por un analizante, no lo descalifican para ejercer su función.
Si la neutralidad tiene un fundamento, es porque remite a la cuestión del deseo del psicoanalista, deseo que es más fuerte que los sentimientos que en determinado momento un analizante pueda despertar en él.
La neutralidad analítica
La neutralidad analítica tiene como condición la separación del analista de su imagen, de su máscara, de su persona. Es un modo de resolver la implicación del mismo en la cura. Si bien los rasgos personales pueden decidir la elección de un analista, éste sustrae a su persona de la cura. Es más, el analista debe pagar con su persona y prestarla como soporte de los fenómenos transferenciales. En 1958, Lacan escribe “el analista debe pagar”5, y una de esas formas de pago es con su persona. No se trata entonces de que el analista carezca de pasiones, se trata de que en la dirección de la cura los sentimientos son inoperantes, es lo que se vuelve neutro.
La persona del analista es sacrificada para evitar toda confrontación yoica, la neutralidad supone la neutralización de lo imaginario. Si en la dirección de la cura el analista no opera desde el registro imaginario ni como sujeto, podemos entender que opere como semblante de lo real.
El concepto de neutralidad se relaciona negativamente con el término sugestión, ya que la misma implica la decisión voluntaria del terapeuta de influir sobre el paciente. Por tanto, es un concepto fundamental en la constitución del dispositivo analítico, y Freud sólo encontró el camino de la invención del psicoanálisis al abandonar la sugestión.
En 1895, en los Estudios sobre la histeria, Freud hace una referencia a la implicación del terapeuta en la cura, y a los medios con que cuenta para vencer las resistencias a la elaboración del recuerdo patógeno. Si bien el término neutralidad no figura, escribe: “Es muy conveniente tener siempre en cuenta lo que sigue: como el enfermo se liberta de los síntomas histéricos en cuanto reproduce las impresiones patógenas causales, dándoles expresión verbal y exteriorizando el afecto concomitante, la labor terapéutica consistirá tan sólo en moverle a ello”6.
En 1912, Freud escribe un texto fundamental, Consejos al médico en el tratamiento psicoanalítico, en el que da una serie de consejos técnicos para la dirección de la cura. Si del lado del analizante tenemos la imposición de la regla de la asociación libre, Freud señala que al analista se le impone la atención flotante. Esta neutralidad en la escucha cumple un objetivo: no censurar el discurso del analizante. Es en el apartado E donde se introduce la cuestión de la neutralidad del analista en relación a sus sentimientos y a la ambición terapéutica manifiesta, y lo hace a través de una fórmula: “He de recomendar calurosamente a mis colegas que procuren tomar como modelo durante el tratamiento psicoanalítico la conducta del cirujano, que impone silencio a todos sus afectos e incluso a su compasión humana, y concentra todas sus energías psíquicas en su único fin: practicar la operación conforme a todas las reglas del arte”7.
En el apartado G, Freud insiste. Toda confesión por parte del analista de sus sentimientos o conflictos anímicos aumenta las resistencias del analizante, subvirtiendo de tal forma el dispositivo analítico que el mismo se da vuelta, “provocando en el enfermo una curiosidad insaciable que le inclina a invertir los términos de la situación y a encontrar el análisis del médico más interesante que el suyo propio”8. A continuación, Freud escribe una metáfora que será célebre: “El médico debe permanecer impenetrable para el enfermo y no mostrar, como en un espejo, más que aquello que le es mostrado”9.
Lacan hará referencia a esta fórmula freudiana en su escrito La dirección de la cura y los principios de su poder, en un contexto en donde trata la noción de contratransferencia como una dimisión a la concepción de la verdadera naturaleza de la transferencia, y apelando al ejemplo del juego de bridge escribe: “Lo que es seguro es que los sentimientos de analista sólo tienen un lugar posible en este juego, el del muerto; y que si se le reanima, el juego prosigue sin que se sepa quién lo conduce”10.
La neutralidad analítica es para Freud el medio de superar la sugestión, e implica no sólo la neutralización de los sentimientos sino de los ideales. Sobre este último aspecto, las recomendaciones de Freud son insistentes y se resumen en la prohibición al analista de arrogarse el papel de profeta, salvador o redentor.
La teoría de la contratransferencia nace como producto de la implicación del analista en la cura, y en un primer momento es concebida a partir de la teoría de los “puntos ciegos” desarrollada por W. Stekel. Se trata, entonces, de un obstáculo para el desarrollo de la cura, un obstáculo producido por el propio analista, pero el concepto de contratransferencia cambiará de significación con el correr del tiempo, y pasará a ser la brújula, la guía desde donde opera el analista.
Responde entonces a una verdad de estructura, pero es una respuesta equivocada, ya que potencia lo imaginario. De este modo, los sentimientos que el analizante despierta en el analista son comunicados por éste como interpretación11. La situación analítica se establece entonces entre dos sujetos, y es llevada a la confrontación imaginaria. La pregunta que se impone es ¿quién analiza a quién? Encontramos una breve pero contundente respuesta en este ejemplo de un paciente de Money-Kyrle, citado por Lacan en el Seminario VIII. El paciente le dice a su analista: “Estoy muy contento, pues cuando usted me dio aquella interpretación acerca de mi estado, se refería a usted y no a mí”12.
La neutralidad analítica y la respuesta del analista en los escritos de Lacan.
En 1958, aparece el concepto “deseo del analista”, que articula de manera robusta la clínica con la ética, y cuyo antecedente es en la enseñanza de Lacan el concepto de neutralidad. Mencionaremos algunos textos de los Escritos que tratan el tema. En 1948, en el artículo titulado La agresividad en psicoanálisis, en su tesis tercera, Lacan escribe sobre las razones que motivan la estrategia del análisis, destacando que no se trata de un simple diálogo. La respuesta al monólogo del analizante es la abstención del analista, que se hará más manifiesta a medida que el sujeto vaya avanzando en su discurso: “¿Qué preocupación condiciona pues, frente a él, la actitud del analista? La de ofrecer al diálogo un personaje tan despojado como sea posible de características individuales; nos borramos, salimos del campo donde podría percibirse este interés, esta simpatía, esta reacción que busca el que habla en el rostro del interlocutor, evitamos toda manifestación de nuestros gustos personales, ocultamos lo que puede delatarnos, nos despersonalizamos, y tendemos a esa meta que es representar para el otro un ideal de impasibilidad”13.
La despersonalización, la difuminación de la relación imaginaria, tiene un objetivo, evitar la emboscada de la agresividad narcisista. El diálogo no implica la renuncia a la guerra, y Lacan recuerda la salida demente de Trasímaco en la República de Platón. El añadido de Freud al diálogo es la neutralidad del analista.
En 1953, en Variantes de la cura tipo, Lacan vuelve sobre el tema, señalando que la neutralidad usada en “las variantes” es algo que rara vez se aclara. La neutralidad se articula a la respuesta que el analista dé al analizante, no limitándose a la exigencia de que el analista ocupe un lugar invisible para el sujeto. Es en la respuesta donde se juega la responsabilidad del analista, el término responsabilidad indica una exigencia ética, pues de esa respuesta depende la existencia o la abolición del inconsciente.
Dos años después, en el texto La cosa freudiana o sentido del retorno a Freud en el psicoanálisis, en el capítulo titulado “La acción analítica”, la neutralidad vuelve a ser relacionada con la respuesta del analista. “Esto quiere decir que el analista interviene directamente en la dialéctica del análisis haciéndose el muerto, cadaverizando su posición, como dicen los chinos, ya sea por su silencio allí donde es el Otro con una «O» mayúscula, ya sea anulando su propia resistencia allí donde es el otro con una «o» minúscula. En los dos casos y bajo las incidencias respectivas de lo simbólico y de lo imaginario, presentifica la muerte. Pero además conviene que reconozca, y por lo tanto que distinga, su acción en uno y otro de esos registros para saber por qué interviene, en qué instante se ofrece la ocasión y cómo actuar sobre ello”14.
En 1957, en el artículo El psicoanálisis y su enseñanza, encontramos otra referencia: “Es a ese Otro más allá del otro al que el analista deja lugar por medio de la neutralidad con la cual se hace no ser neuter, ni el uno ni el otro de los dos que están allí, y si se calla, es para dejarle la palabra. El inconsciente es ese discurso del Otro en que el sujeto recibe, bajo la forma invertida que conviene a la promesa, su propio mensaje olvidado”15.
Antecedente del concepto de deseo del analista, la neutralidad analítica y su articulación con la respuesta del analista funcionan bajo la misma lógica. El analista no es un ser superior que habría llegado a un estado subjetivo carente de pasiones; una concepción de su función desde esta perspectiva sólo puede ser producto de la idealización. Al respecto Freud, en 1937, escribió: “Evidentemente no podemos pedir que el que quiera ser psicoanalista sea un ser perfecto antes de emprender el análisis; en otras palabras, que sólo tengan acceso a la profesión personas de elevada y rara perfección. Pero, ¿dónde y cómo adquirirá el pobre diablo las calificaciones ideales, que ha de necesitar en su profesión? La respuesta es: en un psicoanálisis didáctico”16.
Referencias revisadas y actualizadas por María Touza.
Notas
Daniel Cena fue psicoanalista en Barcelona, miembro de la AMP-ELP. Falleció en octubre de 2025.
* Ponencia presentada en el espacio Lecturas para el VII Encuentro Internacional del Campo Freudiano. La Transferencia de la Sección de Catalunya de la Escuela Europea de Psicoanálisis. Publicada originalmente en Freudiana nº 7, agotada en su versión en papel, hemos querido recuperar para este número el trabajo de Daniel Cena en homenaje a su trabajo decidido por el psicoanálisis y por esta revista, que dirigió en dos períodos.