- El destino de la transferencia al final, Mariana Gómez
- El enigma del acto, Lucía D’Angelo
- El pasaje al analista: de la trayectoria del fantasma al acto de separación, Victoria Horne-Reinoso
- Lo que causa revuelo, Santiago Castellanos
- ¿Qué he dicho?, Lidia Ramírez
- El silencio en acto, Guy Briole Los casos clínicos sólo están disponibles en la versión en papel
- El acto y su clínica, Laurent Dupont Los casos clínicos sólo están disponibles en la versión en papel
- Un lugar analítico, Xavier Esqué
- Perder la pretensión de transmisión, Héctor García de Frutos
- Un nuevo dispositivo de entrada a la Escuela, Shula Eldar
- Neutralidad y deseo del analista, Daniel Cena Artículo abierto a no suscriptores
- El teatro a fuego lento, Marc García Coté, Merçè Managuerra Artículo abierto a no suscriptores
- Fuera-de-cuerpo, Laura Piñel
- El acto de consentir la escritura de una voz, Mikel Arranz Los casos clínicos sólo están disponibles en la versión en papel
- Entre, Erick González Los casos clínicos sólo están disponibles en la versión en papel
- El acto analítico y su paradoja, Angélica Marchesini Los casos clínicos sólo están disponibles en la versión en papel
- Vida de hilo, Adriana Meza Los casos clínicos sólo están disponibles en la versión en papel
- Clínica del exceso, de Doménico Cosenza, Silvia Grases
Hemos elaborado el número 105 de Freudiana alrededor de las modalidades del acto: en primer lugar, el acto analítico, pero también la política de la transmisión, en acto.
El acto analítico abordado por Lacan subraya no sólo la vertiente clínica y epistémica del concepto sino también la vertiente política, recuerda Lucía d’Ángelo en su trabajo “El enigma del acto”, donde recorre el contexto en el que Lacan se interroga sobre el mismo. En la “Proposición del 9 de octubre de 1967” subraya que suponemos el acto psicoanalítico desde el momento electivo en que el psicoanalizante pasa a psicoanalista. Y, como señala Miller, en los dos años siguientes -a lo largo de los Seminarios 16 y 17-, se ve “temblar” lo concerniente a una práctica lógica en psicoanálisis. Si se trata de actualizar nuestros conceptos, afirma Lucía, no puede hacerse sin elucidar una formulación renovada del acto en su estatuto lógico en la última enseñanza de Lacan. Y apunta a la cuestión que nombra este 105, el enigma y la paradoja del acto analítico: “Si es verdad que el analista sabe qué es un análisis y a qué conduce, ¿cómo puede proceder a este acto? ¿Qué realidad lo empuja a cumplir esa función? ¿Qué deseo, satisfacción encuentra?”.
Frente a ese enigma, encontramos la evidencia que empuja a la salida, como testimonian quienes han concluído un análisis. Victoria Horne- Reinoso toma la cuestión del acto de separación en el pasaje al analista, refiriendo que “siempre hay un desajuste, un agujero, un corte, una brecha entre la pregunta que queda estructuralmente abierta respecto de lo que implica haber llevado a término un análisis y el acto final que marca la experiencia única y personal de cada analizante que asume la posición de analista”. Y recuerda el señalamiento de Lacan de que en el pasaje de analizante a analista algo queda “en la bruma” -bruma que hace visible la portada de este número-, interrogando qué puede llevar a alguien que ya sabe cuál es el destino del psicoanalista al final de la cura, a querer ser analista. Es algo a-normal, destaca Victoria, algo a esclarecer, de ahí el dispositivo del pase.
En su ponencia en las plenarias de las XXIV Jornadas de la ELP, “El acto a-tiempo”, Santiago Castellanos recuerda que en el Seminario 15 Lacan sostiene que la decisión de hacer un análisis es algo que merece el nombre de acto. Y habla también del pasaje a analista, afirmando que “si el acto, en el recorrido del análisis, está del lado del psicoanalista, el acto del final se sitúa del lado del analizante”. Este acto psicoanalítico no consiste entonces en un hacer, sino en un cierto dejar hacer porque es el analizante quien hace el trabajo analítico. “La presencia del analista se encuentra entre el dejar hacer y el acto”.
En el Seminario 16, Lacan es contundente: el acto analítico no era un asunto de interés entre los practicantes de psicoanálisis, en tanto no se pensaba “que en el psicoanálisis había en alguna parte un acto”. Entonces, problematizarlo, traerlo a escena, fue un acto: “en la apuesta se trata justamente de un acto, en la medida en que éste se relaciona con el objeto a […] que constituye la apuesta de mi discurso”1. En su reseña sobre ese seminario, Lacan sostiene que “el acto (a secas) acontece por un decir, a partir del cual el sujeto cambia” 2. Ese cambio es algo a verificar. La “carta magna del acto”, como la nombra, es “esa página que sólo puede ser pasada con un gesto que cambia al sujeto, ese mismo con el que el psicoanalista se califica en acto”.
Sobre el gesto en tanto acto se interroga Lidia Ramírez en su ponencia, también presentada en la secuencia de plenarias de las XXIV Jornadas de la ELP, a partir de la sesión analítica con Lacan narrada por Suzanne Hommel. El acto no puede pensarse por fuera de la dimensión significante, apunta Lidia, pero “un significante no es una palabra, puede ser una palabra, pero también una imagen, también puede condensar una escena, o desmenuzar un concepto, deslizarse sobre algunas letras, presentarse en forma de cifras […] Un decir, entonces, tiene el estatuto de acto psíquico y el singular da cuenta de que eso no se prodiga”.
Guy Briole despliega, a través de un tiempo de la cura de una analizante, la cuestión del silencio en tanto acto del analista, diferenciando entre el callarse y el permanecer silencioso. Comienza señalando que el acto es del orden de la contingencia, no de un ideal reproducible; y que es una primera interpretación, que tendría más bien efectos de deconstrucción, la que en la singularidad del acto suscita transferencia. Y finaliza apuntando a que “si bien se puede sostener que el acto no se verifica más que en el après-coup, también se puede pensar en un après- coup del après-coup. Se trata del efecto o de los efectos, si se los toma en consideración en el despliegue de la cura”.
La referencia a los Lugares Alfa, como los nombró Jacques-Alain Miller, da pie a introducir los trabajos de Laurent Dupont y Xavier Esqué. “Son los conceptos lacanianos de acto analítico, del discurso analítico y de la conclusión del análisis como pase a analista, los que nos han permitido concebir al psicoanalista como objeto nómada, y al psicoanálisis como una instalación móvil, susceptible de desplazarse a nuevos contextos, particularmente a instituciones”3.
Laurent Dupont toma como punto de partida para la conferencia “El acto y su clínica” -que dio en el espacio de la Comunidad de Catalunya de la ELP Sábados de Orientación Lacaniana-, dos citas de Miller sobre la cuestión del acto verdadero y el pasaje al acto. Propone a partir de ellas que hay un acto del analista que es con el Otro, y otro acto en el que se borra, por lo que tiene, entonces, la estructura del pasaje al acto. E interroga, mediante viñetas tomadas de su experiencia clínica en una unidad de crisis en psiquiatría, las nociones de relámpago en el pasaje al acto suicida, y de ceremonia en el acting-out suicida, diferenciando: “Si el pasaje al acto es caída, un dejar caer de la escena, el acting-out es una subida a la escena”. Se pregunta entonces si puede haber suicidios que respondan a esta última lógica, es decir, que se muestren, señalando que habría que distinguir entre el pasaje al acto cortado del Otro y el pasaje al acto llamado. Pero, como recuerda, la subida a la escena no es sin tener que pagar el precio de la libra de carne.
Xavier Esqué, en su trabajo titulado “Un lugar analítico” -presentado también en un espacio de los Sábados de Orientación Lacaniana- alrededor de los Lugares Alfa, señala la importancia de estos lugares y la transmisión de su trabajo, la investigación y la elaboración de esa experiencia. “Es así como clínica e investigación configuran la buena manera de hacer presente el inconsciente en el campo de la salud mental […] Finalmente, los efectos analíticos que se pueden producir en una institución, al igual que en la consulta privada, dependen de la implementación del discurso analítico”.
La enseñanza de Mariana Gómez, AE en ejercicio, presentada en las 32 Jornadas de la EOL, habla de lo que constituye el acto de entrar en la Escuela, así como de la acción lacaniana en el ámbito de la universidad. Transmite cómo, en el trabajo analítico, ubicará que “hay Una política y es la de la Escuela. La que importa para que el analista esté presente en los distintos espacios, cualesquiera sean ellos, y el psicoanálisis así sobreviva”. Ofrece también el comentario de una valiosa interpretación del analista, en forma de vociferación, que toma para ella valor de acto en tanto “tocó algo del goce que no se habría podido conmover con el sentido”. Transmite pues lo que marcó un antes y un después, ya que todo “se conmovió” a partir de ese momento.
Su apunte a la pervivencia del psicoanálisis resulta fundamental, como también señalan los dos trabajos recogidos en el apartado Transmisión de un deseo lacaniano. En la II Asamblea General de la Red Universitaria Europea4, celebrada el 3 de julio de 2025, se trabajó la cuestión Transmitir el psicoanálisis en la universidad. Carolina Koretzky, quien presidía en ese momento la RUE, planteaba: “Hay algo de la transmisión que es del orden del acto”. Esa afirmación, finalmente una apuesta, me llevó a proponerle a Héctor García desarrollar el trabajo que allí presentó, “Transmitir el psicoanálisis en la universidad”, para este número de Freudiana. Aquí, él formula la pregunta de si el psicoanálisis puede enseñarse, o transmitirse cómo opera, recordando que Lacan, tras un congreso sobre la transmisión del psicoanálisis en 1978, sentencia que es intransmisible. Ahora bien, considera que “si hay oportunidad del psicoanálisis en el tamiz universitario donde Lacan reclutó no pocos de sus oyentes es arando la no relación fértil entre identidad de sí y desorientación. No en vano, Lacan advirtió que el discurso universitario es el que alimenta el discurso analítico”.
Que el psicoanálisis “siga siendo una causa de deseo para las nuevas generaciones” es la apuesta de la Nueva Política de Juventud, que supone un acto de la AMP, tal y como explica en su informe del 8 de marzo de 2023 Christiane Alberti5: para detener la pendiente de las escuelas hacia la no renovación, se requiere una acción determinada. Shula Eldar, en su trabajo sobre esta Nueva Política de Juventud en la ELP, sostiene “parece que había algo que descongelar en la AMP ya que la NPJ pone en acción, y con razón, una cuestión siempre insistente y nueva: la transmisión del psicoanálisis”. Y señala una cuestión fundamental: La NPJ no es una estrategia de reclutamiento, es una política de Escuela. Una política que es “una apuesta por la transmisión de un deseo lacaniano”.
En el apartado In memoriam hemos querido volver publicar, a modo de homenaje y por su radical actualidad, el texto “Neutralidad y deseo del analista” de nuestro querido colega Daniel Cena, fallecido el pasado noviembre de 2025. Director de Freudiana en dos períodos, hemos tomado su trabajo publicado en el número 7, referenciando todos los textos que cita, porque da cuenta de una cuestión fundamental que señalaba Freud, y que se vincula al acto analítico: “La neutralidad analítica es para Freud el medio de superar la sugestión, e implica no sólo la neutralización de los sentimientos sino de los ideales. Sobre este último aspecto, las recomendaciones de Freud son insistentes y se resumen en la prohibición al analista de arrogarse el papel de profeta, salvador o redentor”. Daniel recordaba que en 1958 Lacan escribe que el analista debe pagar, y una de esas formas de pago es con su persona. “No se trata entonces de que el analista carezca de pasiones, se trata de que en la dirección de la cura los sentimientos son inoperantes, es lo que se vuelve neutro”.
Efectivamente, se juega para el analista el “poder escuchar al analizante en su singularidad, y no desde su propia perspectiva, desde su propio punto de vista”, como señala Victoria Horne-Reinoso. En el Seminario 16, Lacan recuerda a propósito del mito del Edipo -para designar lo que ocurre con el lugar del analista y del analizante- “la distinción que debe hacerse entre la puesta en escena heroica, que sirve de referencia mítica a nuestra práctica analítica, y lo que se articula detrás, el nudo del goce en el origen de todo saber. La división del sujeto se modela y se modula sobre la división del espectador y del coro en el espectáculo tradicional. En cuanto al analista, está en el lugar de lo que se representaba en la escena trágica, no hace sino ubicarse en el lugar del actor, en la medida en que basta un actor para sostener la escena”6. La cita, como verán, ha inspirado esta portada. Un poco más adelante dirá que “el acto se reduce a hacer de psicoanalista, en el sentido de la simulación, a hacer de aquel que garantiza el sujeto supuesto saber […] ¿recuerdan que indiqué el año pasado que la posición del analista debía permanecer conforme en todo rigor a su acto porque en el campo del hacer que él inaugura con la ayuda de este acto no hay lugar para nada que le disguste ni tampoco que le guste? Si le hace lugar, se sale de allí”7.
Esta perspectiva del lugar del actor nos llevó a querer conversar con dos personas que han hecho de la actuación su profesión, a partir del encuentro con la palabra y la escritura: Mercè Managuerra y Marc García Coté, directores y actores de teatro, nos han hablado, en un intercambio en el que participó Elisabeth Escayola, de su vínculo con las palabras y su resonancia, su concepción sobre la actuación, su amor por un teatro artesano, a fuego lento.
En el mismo apartado encontrarán un trabajo de Laura Piñel, que parte de la pregunta de Lacan sobre cómo entender el fuera-de-cuerpo del goce fálico, y su referencia al texto de Mathis sobre Mishima, para interrogar la escritura de este último como intento de cercenar algo de un goce “que lo deja fascinado”. Sin embargo, su trabajo de invención sobre la relación de la palabra y el cuerpo para intentar dar forma a este goce mortífero no fue suficiente para evitar su suicidio, “una muerte trágica en la que Mishima en acto se sitúa como un mártir”.
En el espacio sobre Clínica encontrarán cuatro casos: Mikel Arranz, en el trabajo que presentó en las Jornadas de la ELP “El acto a-tiempo”, habla del cómo el “acto de consentir la escritura de una voz, frenó el pasaje al acto al que la voz empujaba”. Adriana Meza trae el recorrido de un niño de 9 años en un CSMIJ, que a partir de una invención, podrá “hacerse cargo de sus propios hilos, sus propios significantes, encontrando una manera distinta de ligarse al Otro, a su cuerpo, y también a la vida”. Erick González presenta un relato clínico sobre una adolescente, extraído de su experiencia en un programa de orientación a las drogodependencias con jóvenes y sus familias creado hace 25 años, e ilustrado por el psicoanálisis. Por último, Angélica Marchesini despliega en su trabajo, también presentado en las Jornadas de la ELP, que la entrada en el análisis implica una paradoja, ya que es un acto que tiene como efecto la suspensión de todo acto trascendente por parte del sujeto.
Finalmente, en el apartado Lecturas encontrarán un extracto de la presentación en Barcelona del libro de Domenico Cosenza, Clínica del exceso, que realizó Silvia Grases. Allí destaca el señalamiento del autor: cuando ha podido darse una cesión previa del objeto a, el goce es un exceso pero accede a entrar en el lazo social, lo que produce una regulación. Ahora bien, las patologías del exceso –ahí radica la dificultad de su tratamiento- “son patologías del rechazo de la cesión del objeto a”.
Bienvenidos a la lectura de este nuevo número.
Soledad Bertran, directora de Freudiana, por la comisión: Natalí Boghossian, Roberto J. Cordero, Cecilia Espejo, Luciana Fracchia, Héctor García, Adriana Meza, Jorge Pérez Becalli, Claudia Rivas, Lucrecia Rocchetti, Catherine Salamanca, María Touza.